Las figuras se sitúan en el precipicio de un paisaje onírico surrealista, de espaldas al espectador, mientras contemplan un mundo fantástico de colinas ondulantes y flora imponente, y captan la esencia del deseo humano de atravesar lo desconocido, celebrando la armonía entre lo tangible y lo etéreo.
Las figuras se sitúan en el precipicio de un paisaje onírico surrealista, de espaldas al espectador, mientras contemplan un mundo fantástico de colinas ondulantes y flora imponente, y captan la esencia del deseo humano de atravesar lo desconocido, celebrando la armonía entre lo tangible y lo etéreo.